El Alcázar, origen de la población.
La primera ocupación conocida de Baeza y sus
alrededores fue en el Arroyo de los Caballeros, en una de las
terrazas del río Guadalquivir. Se bebió tratar de un campamento al
aire
libre de cazadores. Sus útiles, son de dos materiales distintos:
guijarros
de cuarcita de gran tamaño tallados a base de golpes basta obtener
un filo,
y piezas (puntas y raederas) de tamaño más pequeño, realizadas en
sílex.
Pudo ser un campamento al aire libre perteneciente a un momento del
Paleolítico Medio coincidente con la época de los neandertales. De
un
momento posterior es el asentamiento de Montalvas, en el
punto más
alto del entorno donde se han encontrado un conjunto de piezas
microlíticas,
también de sílex, que de confirmarse la ausencia de cerámica,
indicarían la
existencia de un asentamiento epipaleolítico de los últimos momentos
en que
los cazadores-recolectores dominaban la zona.
La colonización agrícola de la zona se produjo
desde el sur hacía el norte, es decir desde Sierra Mágina hacía el
valle del
Guadalquivir y posteriormente hacia la Loma.
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Cerro
del Alcázar de Baeza
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La expansión demográfica se dejo sentir primero
durante el Neolítico Final en sitios como el Cerro del Tosco que
como
los Horneros se sitúa al sur del río Guadalquivir y después
con la
Edad del Cobre, en los asentamientos del Cortijo de Gil de Olid en
Puente del Obispo, asentamiento que ocupo una parte solo de lo que
después
fue el poblado ibérico que se desarrollo allí, y que debió de estar
fortificado, aunque nunca se delimitó esta estructura; aquí se ha
encontrado cerámica campaniforme que es el elemento arqueológico que
sirve
de hilo conductor para detectar los movimientos de población.
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A pocos kilómetros de Baeza, en Fuente de la
Piedra se conocía un asentamiento del Cobre Final que se
localiza en la
vertiente de la Loma que cae hacia el Guadalquivir, allí la
presencia de
cerámica campaniforme denota que estuvo ocupado al menos en los
últimos
momentos del periodo, lo que señalaría el momento en que se inicio
la
colonización de las tierras altas de la Loma.
El proceso de colonización de las tierras altas
de la Loma concluyo con la aparición de varios sitios, seguramente
fortificados que se dispusieron en los espolones que miraban hacia
el
Guadalquivir seguramente también hacia el río Guadalimar como pudo
ocurrir
en el caso de Sabiote) y de los que son buena prueba Úbeda,
Torreperogil y
desde luego el Cerro del Alcázar en Baeza: hallazgo de
una serie de
tumbas cuya descripción no deja lugar a dudas era la misma
necrópolis de la
Edad del Bronce.
Época romana.
Se desconoce que ocurrió en todo este tiempo en
el cerro del Alcázar. A partir de ese momento lo que no cabe duda es
que el
declive de Gil de Olid fue en paralelo al crecimiento y el
desarrollo de
Baeza romana. El conjunto de dieciocho epígrafes recogido
recientemente por
arqueólogos confirma la importancia de Baeza en la zona y su
identidad con
Vivatia, a pesar de que hasta ahora los restos
arqueológicos
en la ciudad han sido muy escasos, seguramente por las grandes
transformaciones urbanísticas del Renacimiento. En todo caso la
epigrafía y
los datos de las fuentes escritas permiten hacer un seguimiento de
su
historia: Ptolomeo señala que Vivatia era una de las ciudades de la
Oretania, cuya capitalidad se sabe por Strabon
que era Cástulo, después Plinio confirma que fue tras la conquista
romana una ciudad estipendiaria,
es decir que aunque los vivatienses tenían que pagar el tributo a
Roma y no
eran propietarios de sus tierras, tenían la posesión de éstas,
podían dictar
sus propias leyes y acuñar moneda. Por último en la época de
Vespasiano,
fue convertida en el Municipio Flavio Vivatiense, como un amplio
grupo de
asentamientos ibéricos oretanos. En un pedestal que se conserva en
la
ermita de la Yedra se lee: “Al Emperador Cesar Lucio Septimio
Pertinaz
Augusto Arábigo Adiabetico Partico, pontífice máximo en su once
tribunicia
potestad, cónsul dos, padre de la patria, óptimo y fortísimo
príncipe, la
república de los vivarienses". En el 203 después de Cristo
Baeza era una
típica ciudad romana y los vivatienses se sentían ciudadanos del
Imperio.
Sede episcopal.
La ciudad romana de Viatia fue
adquiriendo paulatinamente importancia durante el periodo visigodo
como lo
prueba el hecho de que a lo largo del siglo VII se trasladasen a
ella la
ceca, es decir la "fabrica de moneda" que en los reinados
inmediatamente
anteriores había estado en Cástulo, y aun más significativo, la
propia sede
episcopal. Esto supone que frente a la decadencia de muchas
localidades del
Alto Guadalquivir, incluida Cástulo que había sido la más
importante, Baeza
había ido creciendo en importancia, hasta convertirse en una de las
principales ciudades de la región.
Durante los primeros siglos islámicos (VIII y
IX) apenas hay noticias de ella, aunque se sabe que mantuvo su
obispo al
menos hasta mediados del siglo IX, momento en que se menciona a
Saro, el
cual apoyó al abad Sansón en su enfrentamiento con
Hostégesis,
obispo de Málaga. Puesto que este último era uno de los más firmes
partidarios de la colaboración con los emires de Córdoba, es
posible que
esa actitud del obispo baezano significase la oposición al poder de
la
comunidad cristiana de la ciudad. Este pudo ser el motivo por el que
Abd al-Rahman
II fundó Úbeda, poblada por árabes, para controlar la zona oriental
de Jaén.
Por lo que se refiere a su tamaño y urbanismo,
desde sus orígenes la ciudad debió limitarse al cerro del Alcázar,
aunque
en los siglos IX y X se produciría un lento crecimiento de
población, que
se concretaría en la aparición de barrios extramuros, y muy
posiblemente en
la organización de amplías zonas de cultivo en las inmediaciones,
aprovechando el agua de los diversos manantiales del lugar.
La época debió ser de relativa prosperidad,
dotándose la ciudad de edificios públicos, como el alminar levantado
a
finales del siglo X por al-Durrí, fata de al-Hakam II, al que hace
referencia una inscripción conservada en Baeza.
Baeza quedó a partir de 1014 situada en la
intersección de varios pequeños reinos musulmanes nacidos a raíz de
la
desintegración del Califato de Córdoba, y pasó de unas manos a
otras:
Murcia, Almería, Denia, Granada (1057-1077), Toledo (1077), Sevilla
(1077-1091), en lo que fue el periodo más agitado de su historia.
Esta situación de inestabilidad conduciría a que
la población se refugiase dentro de las murallas, por lo que las
áreas más
próximas al recinto urbano se rodearían con una muralla, de la que
han
aparecido restos en las excavaciones de la catedral, junto a la
torre del
campanario, creándose el segundo recinto.
Luchas fronterizas.
El mismo año de 1224 Fernando III había lanzado
su primera campaña contra territorio musulmán. Al-Bayyasí se
entrevistó con
él en Baños de la Encina estableciendo un pacto, y entregándole a
uno de
sus hijos como rehén. De esta forma se aseguró la ayuda de Fernando
frente a
posibles ataques de al-Adil, mientras que el rey castellano obtuvo
la
neutralidad del Baezano, con lo que pudo atacar Quesada, arrasando
sus
defensas, prosiguiendo después en una larga correría por el
Guadalimar y
Guadalquivir, llegando hasta las proximidades de Jaén. Al año
siguiente, al
comienzo de la campaña de verano, Fernando III recibirá el vasallaje
efectivo de al-Bayyasí, quién a cambio del apoyo del castellano para
controlar el territorio de Jaén, debió colaborar con él y
entregarle
primero Andújar y Martos, y después las fortalezas de Salvatierra,
Baños y
Capilla, acordándose que mientras no se le entregasen estas
últimas, habría
una guarnición cristiana en la alcazaba de Baeza.
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Pero ya había entregado la alcazaba de Baeza a
Fernando III, en cumplimiento de su pacto, ya que Capilla debió
tomarse al
asalto. Tras su muerte, la población de Baeza con la ayuda del
gobernador de
Jaén intento expulsar a los cristianos mandados por el maestre de la
Orden
de Calatrava D. Gonzalo Ibáñez de Novoa, que resistió todos sus
esfuerzos,
por lo que ante la posibilidad de que llegasen nuevos refuerzos
castellanos
acabaron abandonando la ciudad que quedo definitivamente en manos de
Fernando III en diciembre de 1226.
Fuero
de la
ciudad de Baeza. Leyes otorgadas a la ciudad por Fernando III.
Ejemplar del
siglo XIV. Archivo Histórico Municipal de Baeza.
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En manos cristianas.
En 1231, un año después de la creación de la
sede episcopal, se constituye el concejo de Baeza, que será de
Realengo, es
decir, dependiente directamente del rey. Y se le señalan unos
limites, que
durante las décadas siguientes se irán ampliando, a medida que se
conquisten nuevos territorios.
Los siglos XIV y XV serán de esplendor, aunque
en varias ocasiones los nobles intentaran arrebatar a la ciudad
parte de sus
términos para convertirlos en señoríos. Esta nobleza se organizara
con
frecuencia en bandos que se enfrentarán violentamente por el poder
en el
seno de la ciudad. Los enfrentamientos terminaran a finales del
siglo XV,
con la enérgica intervención de los reyes, que someterán a la
nobleza. Por
ello en el siglo XVI las rentas de la ciudad se emplearan en la
construcción de edificios públicos, a diferencia de otras ciudades,
donde el
triunfo de la nobleza permitió a esta apropiarse de las rentas
urbanas y
construirse suntuosos palacios.
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Historia Moderna y
Contemporánea
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Esplendor y decadencia.
A lo largo del siglo XVI Baeza casi
duplicó su población, llegando a fines del siglo XVI a contar con
5.172
habitantes. Pujanza demográfica que encontraba su estímulo en el
importante
papel que desempeñó en la repoblación roturación de extensas zonas,
especialmente en Sierra Morena, donde mantendría una importante
presencia
que le haría chocar, como se puede constatar en las luchas legales y
violentas que llevó a cabo por la defensa de extensos términos, con
los
vecinos de Bailén y Linares, dos de sus antiguas aldeas durante
buena
parte del siglo XVI.
Pero fueron los intentos de reorganización
territorial, burocratización y centralización fiscal que la Corona
impulsó,
los factores que atenuaron la relevancia de Baeza. Especial
repercusión
tuvo desde principios de siglo XVI la venta por parte de la corona
de
autonomía jurisdiccional a las aldeas dependientes de Baeza,
posibilitando
la emancipación de sus lugares y debilitando las arcas municipales y
afectando seriamente a la cabaña ganadera baezana.
Pese a todo Baeza cobijó condiciones
socioeconómicas que hicieron posible el crecimiento poblacional. Su
riqueza
agropecuaria y pujanza comercial e industrial favorecieron
indudablemente
la estabilización poblacional al menos basta fines de siglo. La
construcción del Pósito de Baeza en 1554 contribuyó decisivamente a
esto al
neutralizar en buena medida los efectos de las cosechas
catastróficas.
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Plaza de Santa María, Fuente y Catedral, al fondo.
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La poderosa y numerosa nobleza biacense,
enriquecida y consolidada durante la conquista cristiana y
beneficiada tras
la represión de las diferentes revueltas moriscas, mostró una
concepción
patrimonial del poder municipal a la vez que se benefició de las
exenciones
fiscales y jurídicas que su condición permitía. No obstante, la
disputa por
el control de los resortes del poder local dividiría en facciones a
la
nobleza. Los virulentos enfrentamientos entre los linajes de los
Carvajales
y de los Benavides transcendían la mera lucha local para confundirse
con un
acontecimiento que Carlos V tuvo que afrontar: el movimiento de las
Comunidades de Castilla. En efecto, la lucha entre bandos se mezcló
en 1520
con los problemas de la Corona para consolidar territorialmente su
poder.
No obstante, el levantamiento de algunos nobles y vecinos de la
ciudad
contra los representantes del emperador sería sofocado por los
nobles leales
que, junto con la Compañía de los Ballesteros del Señor de Santiago,
derrotarían a los comuneros.
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La expulsión de los moriscos de 1610 la
reducción jurisdiccional, los problemas de la hacienda municipal
ante la
tensión fiscal de la Real Hacienda y la decadencia económica,
especialmente
manifiesta en el sector industrial y comercial así como en la
concentración
de la propiedad de la tierra, repercutieron negativamente en la
evolución
demográfica de Baeza.
Crisis que también incidirá en la población
nobiliaria, notablemente mermada a fines de siglo. Pese a todo, a lo
largo
de esta centuria se dio un proceso de consolidación de la oligarquía
local.
Penosa época de la historia baezana que no
impidió la consolidación de instituciones tan representativas como
el
cabildo catedralicio y la Universidad, plenamente consolidada a
estas
alturas -con 400 alumnos- y reforzada con la fundación por parte de
don
Fernando Andrade y Castro, obispo de Jaén, en 1660 del colegio de
San Felipe Neri.
Panorama decadente en el siglo de las Luces.
La sociedad biacense penetró en el denominado
siglo de las luces sumida en un lúgubre panorama. Crisis social y
económica
heredada a la que se suman las pérdidas territoriales de Ibros en
1734 y
Lupión en 1784, así como las inducidas por la promulgación del Fuero
de
las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena" en 1768 por el que el
municipio
quedó reducido a una décima parte de su extensión originaria. Tan
sólo la
coyuntura de alza de precios agrícolas del último tercio de siglo,
favorable a propietarios y explotadores de tierras, salpicará un
difícil
periodo para el conjunto de la sociedad biacense.
Los intentos de centralización política y
económica impulsados desde la Corte por los Borbones durante todo el
siglo
alimentaron los principales conflictos del periodo. La nobleza
baezana,
concretada en una hidalguía tocada numéricamente por la crisis del
siglo
anterior, aferrada al poder local se opondrá sistemáticamente a las
medidas
decretadas por la Corona desde 1766. La incursión de la nobleza y,
sobre
todo, de la hidalguía biacense en la precoz y fugaz aventura
representada
por la "Real Sociedad de Verdaderos Patricios de Baeza y Reino de
Jaén",
fundada en 1774, materialización del impulso reformista que
significaron las
"Reales Sociedades Económicas de Amigos del País", hay que
entenderla como
un intento de capitalizar y controlar esta nueva y elitista
institución
donde figuraron entre otros don Pedro Thomás de Acuña, marqués de
San
Miguel, don Antonio de Cuadros, señor de la aldea Nueva de Figueroa,
don
Andrés de Godoy, don Andrés de la Fontecilla, don Juan Carlos de
Benavides,
señor de las villas de Santa Maria del Valle y de las Torrecillas,
entre
otros.
Guerra y absolutismo.
La invasión napoleónica enmarca una coyuntura
de crisis generalizada que abrirá las puertas a la Baeza
contemporánea. No
sería hasta el 31 de mayo de 1808, ante las presiones de las Juntas
de
Sevilla y Córdoba, cuando las autoridades locales reaccionaran a la
ocupación francesa constituyendo una "Junta de Seguridad Pública"
integrada
por la oligarquía tradicional. Pese a todos los esfuerzos, tras la
caída de
la línea de Sierra Morena, Baeza vio entrar, con la connivencia de
distintos
grupos de la sociedad baezana, a las tropas francesas en enero de
1810.
Ocupación que conllevará un notable incremento de la contribución
que
dificultará la vida del conjunto de la población y del cabildo
baezano. Mas
no todo fue sumisión. Desde el verano de 1810 y durante 1811 las
partidas
guerrilleras se manifestaron muy activamente, incluso en el interior
de la
ciudad, hostigando al ejército francés.
Tras la retirada de los franceses en el verano
de 1812, Baeza ingresará a comienzos del otoño en la política
constitucional con un Ayuntamiento integrado por Antonio Díez de la
Hera
como alcalde y por Bernardo Díaz, Antonio Montoro, Juan Antonio
Moreno, José
Chacón, Pedro Benes y Pedro Grande como regidores. Fugaz periplo
constitucional al que siguió el regreso de las autoridades
tradicionales y
que significó, como sucedió con los maestros de la Universidad, una
purga
de aquellas personas señaladas por su talante liberal. Tras el
trienio
liberal, que permitió una reactivación de los vientos
constitucionalistas
como puso de manifiesto la didáctica labor de la "Sociedad
Patriótica", se
reimplantó el orden sociopolítico tradicional a la vez que se
procedió a
la persecución y depuración de todos los sospechosos liberales.
Liberalismo y crecimiento agrario.
El final del reinado fernandino y la llegada de
Isabel II atisbarían una coyuntura de cambios políticos orientados
por el
liberalismo.
Pese al incremento de la producción agrícola a
lo largo del siglo XIX la situación del conjunto de la población no
mejoró
sustancialmente. La incidencia de la mortalidad catastrófica siguió
azotando a una población que en muchas ocasiones no encontró otra
salida
que la emigración hacia Jaén o Linares, de tal manera que el
crecimiento
demográfico de Baeza se mantuvo durante todo el XIX en cotas
bastante
discretas.
Discretos electos de la política decimonónica
confirmados por la tardía incorporación del municipio biacense a la
red
ferroviaria -hasta los años 90 no se lograría una mínima conexión
ferroviaria con la construcción de la línea Baeza-Quesada-,
condición “sine
qua non" para el desarrollo económico decimonónico.
Durante el último tercio de siglo, la política
canovista propició una etapa de estabilidad política que reforzó dicho
control.
La aguda crisis del siglo XX.
Hasta las primeras décadas de siglo la
concepción patrimonial del poder local por parte de las principales
familias
biacense y la mecánica turnista del sistema político no se alteraría
en
Baeza. La profunda incidencia social de la crisis agraria
finisecular y la
progresiva organización de sindicatos y partidos de clase
propiciarían los
primeros indicios de que el orden liberal decimonónico chocaba con
una
realidad histórica definida por una aguda crisis social y política.

Fuente del Triunfo, en el paseo. Su ubicación primigenia era a
espaldas del colegio "Ángel López Salazar", en la denominada
Plaza del
Triunfo. |
Desde las años 80 con el surgimiento de una
organización anarquista en Baeza una sección de la Federación de
Trabajadores de la Región Española se rastreaban signos de un nuevo
contexto. En las primeros quinquenios de siglo irrumpirían las
socialistas
en la vida baezana. Presencia socialista arraigada también en el
plano
sindical como evidencia las 2.000 afiliados de la FNTT baezana en
1933.
Crisis social y aposición política, manifestada
en Baeza
en las huelgas de 1917 ó 1919, que socavarían el orden sociopolítico
tradicional.
Los resultados de las elecciones municipales del
12 de
abril de 1931 arrojaran una pírrica victoria monárquica en este
municipio,
confirmada por la mayoría socialista resultante de las elecciones
constituyentes de 1931.
Sin embargo, las esperanzas campesinas,
canalizadas
fundamentalmente por la UGT, puestas en la República pronto se
estrellarán
con la respuesta patronal que obstaculizará las expectativas
abiertas por la
Ley para la Reforma Agraria de 1932.
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Las heridas de la guerra sentidas por toda la
comunidad, la represión franquista, la difícil coyuntura de los años
40 y
50, la pérdida de libertades y la instauración del viejo poder
oligárquico,
sumiría a la sociedad biacense en un largo y nefasto período
histórico
donde, una vez más, cupo a la emigración un triste destacado papel
que
perduraría hasta la llegada de la democracia en los años 70.